Fotografías: JOSÉ IGNACIO SANTAMARÍA
La iglesia de Santa María de Medina de Rioseco se llenó hasta la bandera este sábado para escuchar un pregón cargado de emoción, memoria y profundidad espiritual de la mano de Luis Javier Argüello García, quien ofreció una reflexión que fue mucho más allá del anuncio de la Semana Santa para adentrarse en el sentido de la fe, la tradición y la vida comunitaria.
Ante el paso del Santo Cristo de la Paz el arzobispo de Valladolid definió la Semana Santa riosecana como «una escuela de vida y de hermandad». En este sentido, subrayó el valor de una tradición que ha sabido transmitirse de generación en generación. Destacó la singularidad de una celebración que combina familia, historia y emoción, hasta convertirse en una experiencia que trasciende el tiempo: «la Semana Santa riosecana es entrar en el tiempo sin tiempo». Porque «cuantos fuisteis llamados por vuestro nombre unido al de padres e hijos en una trama que os une y que, en la Semana Santa una vez más proclamada y pregonada, se refuerza con los rituales siempre antiguos y siempre nuevos de estos días».
Durante su intervención, Argüello puso en valor la identidad propia de la ciudad y de sus cofradías, y al mismo tiempo advirtió de los riesgos de vaciar de contenido las tradiciones. Porque «el turismo y el espectáculo dan un altavoz, pero también desafían con el riesgo de un reduccionismo que robe su alma».
El pregonero también hizo una llamada directa a los cofrades y vecinos para vivir estos días con autenticidad, evitando que la fe se quede en lo superficial o en lo puntual. Y es que «no podemos gritar ‘Hosanna’ estos días y ‘Crucifícalo’ el resto del año», afirmó, en una de las frases más contundentes de la noche.
En un discurso trufado de recuerdos personales, evocó sus vínculos con Tierra de Campos – de Meneses, con fuertes vínculos en Villerías, Valdenebro y Montealegre- y sus primeras visitas a Rioseco, donde ya percibía esa mezcla única de austeridad, devoción y espectáculo que sigue definiendo su Semana Santa. Argüello también quiso poner el acento en el mensaje central de la fe cristiana, recordando que la cruz no puede entenderse sin la esperanza de la resurrección: «sin resurrección, vana es nuestra fe», señaló, e invitó a no quedarse solo en el dolor, sino a mirar hacia la vida nueva.
En la recta final de su pregón, lanzó un mensaje cargado de esperanza y sentido comunitario, animando a los riosecanos a convertirse ellos mismos en pregoneros. «Hay un Dios que lleva nuestras culpas y nos permite seguir esperando, incluso en medio de las lágrimas».


























