Elga Álvarez y su madre, Felisa García, vivieron el eclipse en Castilviejo con un particular ritual de agradecimiento
Entre cientos de personas con cámaras, telescopios y gafas homologadas, Elga Álvarez y su madre, Felisa García, decidieron vivir el eclipse de una manera diferente. Para ellas, los 92 segundos de oscuridad no fueron únicamente un fenómeno astronómico, sino también un momento de recogimiento y agradecimiento.
Llegaron a la Ermita Castilviejo con un pequeño ritual preparado. Llevaban palo santo y dos velas, una negra y otra blanca. La primera se destinaba a recibir la oscuridad. Cuando el Sol desapareció por completo y la pradera quedó sumida en la noche, apagaron la vela negra.
Después esperaron el regreso de la luz. Cuando el día comenzó a recuperar su claridad, encendieron la vela blanca. «Es un ritual de agradecimiento al momento que nos da el universo. Un momento único, especial», explica Elga.
Para ella, el eclipse tiene además un significado espiritual. «El sol es la fuerza más grande y la Luna, para mí, es importantísima como mujer, porque es la fuerza femenina en potencia», señala. La oscuridad representa también la posibilidad de dejar atrás aquello que ya no pertenece al presente y abrirse a nuevos comienzos.
Pero el momento más emocionante para ambas llegó durante la totalidad. Madre e hija se dieron la mano y se abrazaron mientras el día se convertía en noche. El padre de Elga no pudo acompañarlas y ambas sintieron también su ausencia durante un instante que habían preparado juntas. «Ha sido un momento muy especial entre ella y yo».
Cuando volvió la luz la pradera recuperó poco a poco el bullicio. Pero para Elga y Felisa, aquel eclipse quedará ligado para siempre a un momento de unión entre madre e hija.


